La Historia de Matt

El reloj marcaba las 4:00 a.m. Matt aún no conciliaba el sueño. En su mente había una mezcla de emoción, curiosidad y miedo, causada por la historia que su abuelo le contó unas horas antes. ¿Sería posible que, años atrás, la Navidad significara alegría, paz, regalos, diversión, y más aún, la llegada de un Salvador? ¿Cómo es que ahora, la Navidad es una época gris, triste, en la que nadie celebra? Estas preguntas asaltaban la mente de Matt, de 14 años. Y no era para menos. Es el año 2062. No hay villancicos. Ni regalos, ni alegría. No hay nada especial en la Navidad. Con todo esto en mente, Matt consiguió dormir unas pocas horas.

“¡Ring, ring! ¡Despierta Matt!” chilló el despertador. Matt se levantó de la cama, y después de arreglarse, bajó a desayunar. Vio a su familia sentada a la mesa: su padre en la cabecera, checando las finanzas desde su ePot, su madre hablando con una amiga a través del headbook y a su hermanito jugando en el eBox. Pero lo que más le llamó la atención, fue que su abuelo estaba viendo un viejo álbum.

– ¿Qué es eso abuelo? – preguntó Matt.

– Se trata de un álbum en el que hay fotos de cuando era joven – contestó el abuelo al tiempo en que sus ojos parecían perder la mirada en un recuerdo.

– Se hace tarde Matt, tú y Roy suban a lavarse los dientes, porque el transporte no tarda en llegar – dijo su padre.

Después de eso, Matt tomó a su hermanito Roy y se subieron al autobús. Roy se sentó con sus compañeros y comenzaron a intercambiar cromos del Mundial de Australia. Mientras, Matt se sentó con sus amigos; Alex y Fer. Alex tenía cabello negro y ojos cafés, jugaba futbol en el colegio, por lo que su complexión era la propia de un deportista, y de notable estatura. Fernanda tenía el cabello castaño, y sus ojos de un color similar. Practicaba ballet, pero no sobresalía precisamente por su estatura junto a Matt, y menos junto a Alex. Y ya que estamos describiendo, veo correcto el describir a Matt. Su nombre real era Mateo, y su color de cabello era café, no tan claro como el de Fernanda, pero no tan intenso como el de Alex. Sus ojos eran azules, y aunque parecía distraído, en realidad Matt era de esas personas que se preguntaban todo, y que formulan muchas cosas en su mente, aunque no diera esa impresión. Matt les contó a sus amigos la historia de su abuelo.

– ¡Increíble Matt! – opinó Fernanda.

– ¡Bah! Eso fue un cuento para que te fueras a dormir – dijo Alex.

– No lo creo, sentí algo en mi corazón que me decía que era verdad. De hecho, desde que me contó la historia, he tenido un deseo de salir a buscar a la Navidad.

– Ay no me… vengas con eso Matt.

– ¡Hey Alex! ¡Déjalo! ¿Qué tú no has sentido el deseo de hacer algo al respecto después de escuchar el relato? – preguntó Fernanda.

Alex pensó unos segundos, tomó aire y asintió, mientras su vista se clavó en una gélida ventana del autobús.

– ¡Ya llegamos! – gritó el conductor.

El día transcurrió tranquilo, y llegó la última clase: Historia. Matt creyó conveniente preguntarle al profesor acerca de la Navidad y lo hizo.

– Mmm… Bueno… Este… la verdad es que… Y bueno ¿Por qué preguntas eso?

Matt trató de engañarlo.

– Es que leí en la red una nota que decía que la Navidad recordaba a un Salvador.

– ¡Matt, estás reprobado!.

– ¿Por qué?

– ¡Matt, guarda silencio y sal del salón!

– Pero dígame la razón, no he hecho nada malo.

– ¡Muy bien señor Mateo, vaya a la dirección!

Matt se levantó de su lugar, y mientras iba en dirección a la puerta, su vista se cruzó con la de otro niño del salón: Mikel. Mikel tenía el cabello rizado y era rubio, con ojos verdes. Casi nunca hablaba en clase, pero lo poco que decía era acertado. Sus miradas se cruzaron por un instante casi imperceptible, pero fue suficiente para que ambos se dieran cuenta de que sus ideas eran similares, como si los dos se hubieran dicho “Ánimo amigo, yo estoy contigo”. Mikel pidió permiso para ir al baño y una vez fuera del salón, alcanzó a Matt.

– ¡Hey Matt!

– ¿Qué sucede Mikel?

– Ven, vamos al cuarto del intendente.

Ambos fueron al cuarto del intendente, Don Chuy. Amablemente, éste los pasó al cuarto. Bueno, era más bien una pieza de unos 10m2 con una pequeña cama, un estante con libros viejos y una camiseta de fútbol de la Roma.

– Don Chuy, él es Matt.

– Buenas tardes Matt, yo soy Chuy – dijo el señor tendiéndole la mano amistosamente.

– Mira Matt, Don Chuy es mi amigo. Él es el único en la escuela que es diferente a todos. O al menos eso creía hasta hoy. Después de ver lo que preguntaste, me doy cuenta de que eres de los nuestros.

– ¿Cómo que de los suyos? – preguntó Matt al tiempo que retrocedió algo asustado.

– Calma Matt, puedes sentarte aquí. – dijo Don Chuy mientras sacaba una sillita que estaba debajo de la cama – Yo viví en Roma mucho tiempo, por eso tengo esa camisa de la Roma, pero hace 45 años, un 25 de diciembre, los niños amanecieron sin regalos. Fue algo muy duro para todos. Varias cadenas de radio y televisión del mundo reportaron algo que parecía imposible: ya no había Navidad. Con el paso del tiempo, la Navidad era igual; ya no había regalos ni colores, y qué decir acerca de Jesús. Ya nadie lo recordaba…

– ¿Jesús? – preguntó Matt asombrado, pues en su corazón se encendió una llama al momento de escuchar aquel nombre.

– Sí, Jesús. Llegó al mundo hace más de 2 mil años. Enseñó a los hombres a amar, a ayudar al prójimo, a ser felices… y para dar el mejor ejemplo, entregó su vida por nosotros. Murió por ti y por mí. La Navidad, antes, era recordar el nacimiento de Jesús.

– Así es Matt, pero con el tiempo, la gente fue sacando a Jesús de sus corazones. Olvidaron que murió por nosotros. Y es por eso que la alegría se esfumó de la Navidad.

–¿Pero cómo puedo ayudar yo? – preguntó Matt confundido. – Yo no soy importante ni tengo las habilidades para hacer que la gente regrese a Jesús.

– Matt, recuerda que Dios no elige a los capacitados; más bien capacita a los elegidos.

Y eso fue suficiente para que Matt dejara atrás el miedo que sentía su corazón.

Luego de un rato, sonó el timbre. Matt apresurado salió del cuarto y se dirigió a buscar a Alex y a Fernanda. Los encontró y los llevó al cuarto de Don Chuy. El intendente y Mikel les contaron la historia. El efecto de ésta sobre Alex y Fernanda fue el mismo que el que tuvo con Matt.

– Esperen, hay algo importante. – dijo Don Chuy al tiempo que sacaba un libro rojo  – La gente no lo sabe, pero el actual gobernante está en contra de Jesús. Él conoció a Jesús, pero lo odia, es por eso que a las nuevas generaciones no se les habla más del Salvador, porque el gobernador se ha encargado de erradicar todo lo relacionado a él, y ha asesinado a los pocos que lo conocían.

– ¿Nos matarán? – chilló Alex.

– Eso no es lo importante, lo importante es que le hagamos ver a todos que Jesús los ama – dijo Matt.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro de que aún nos ama? –  preguntó Fernanda.

– Porque Él es el que nos ha reunido aquí. Aunque no lo crean, el padre de Jesús, Dios, los ha llamado. Por eso su corazón siente lo que está sintiendo –  dijo Mikel.

– ¿Y tú como lo sabes? –  preguntó Alex.

– Bueno, es que mis padres me enseñaron a confiar en Él. Hasta que el gobernador los asesinó.

– Pero lo importante es que todos ustedes sienten ese deseo de ayudar al mundo –  dijo Don Chuy.

Ese día, el intendente les enseñó a rezar, les contó de la Biblia, de los santos y sobre cómo una mujer se convirtió en la Madre de Dios, y cómo Dios se servía de humanos para transmitir su mensaje de amor y esperanza. Entonces, el

Unos días después, mucha gente había escuchado el mensaje de los 3 niños. Unos los habían rechazado, pero otros los habían escuchado con atención y creían en lo que decían. Esto llegó a oídos del gobernador, que sintió miedo, y dio la orden de que atraparan a los niños y los llevaran ante él. Y así sucedió. Un día, en un partido entre escuelas, soldados irrumpieron en el encuentro y atraparon a Alex, en un recital de ballet apresaron a Fernanda, y a Matt lo atraparon entrando en su casa. A pesar de que sus padres habían hecho el intento de rescatarlo, el niño tranquilizó a sus padres y partió con la policía. El gobernador intentó que los niños desistieran de su misión, pero ninguno de ellos retrocedió. Entonces, el hombre decidió ejecutarlos. La fecha estaba programada; desde la noche del 24 de diciembre, hasta la madrugada del 25.

Los niños pasaron un par de días encerrados, hasta que llegó el día.

– ¿Dónde están Mikel y Don Chuy? –  preguntó Fernanda preocupada.

– No. ¿Dónde está Jesús? –  contestó Alex.

Matt miraba por la ventana del calabozo. Se alcanzaba a ver la luna. Era una noche diferente a las demás. Era 24 de diciembre.

– Es hora niños – gruñó un soldado mientras abría la puerta del calabozo. Los dirigieron hacia la explanada de la ciudad. Estaba montado un escenario, y alrededor de éste habían muchas personas, y muchísimos medios de comunicación que transmitirían al mundo la muerte de los 3 niños. Salió el gobernador, y entre aplausos y la algarabía popular, tomó un altavoz y dijo:

– ¡Para que aprendan! ¿Dónde está su Jesús ahora?

Con eso, la gente aplaudió, y esperaban con ansias la ejecución. Pararon a los 3 niños, con los ojos vendados, y frente a ellos, una docena de soldados con armas para fusilarlos.

– ¿Quieren decir algo antes de morir? –  preguntó el gobernador.

– Si. – respondió Matt – Hace dos días, tenía mucho miedo de que llegara éste momento, pero ahora me doy cuenta de que no hay porqué temer, si se tiene fe en Dios.

– ¿Fe? ¿Qué es la fe? –  preguntó la gente.

Matt contó la historia de Don Chuy y Mikel, mientras que éstos dos se abrían paso entre la gente. Cuando Matt acabó de contar la historia, la gente se dio cuenta de que el gobernador estaba actuando mal. Éste, lleno de odio, tomó el arma de uno de los soldados, la apuntó contra Matt, y disparó. La bala se impactó contra Don Chuy, que desde donde se encontraba, pegó un brinco y protegió a Matt. El gobernador disparó contra Alex y Fernanda, pero Mikel también se había interpuesto entre las balas y ellos. Ambos cayeron abatidos al piso. La gente guardó silencio. El gobernador cargó el arma y de nuevo la apunto contra Matt, pero justo cuando iba a disparar, Don Chuy se levantó del suelo, radiante junto a Mikel. Como todo esto era transmitido mundialmente, los ancianos que veían esto gritaron de emoción, y su corazón se llenó de alegría al ver a Don Chuy, aquél hombre de cabello largo, barba y bigote, de ojos amables y penetrantes, que desnudaban el alma, y que brindaban gran seguridad, ese era Don Chuy, que ya vestía una túnica blanca, y que levantó la mano derecha, enseñando una herida en ésta. Los ancianos lo entendieron. Era Jesús. Don Chuy era Jesús. Mucha gente rompió en llanto. Mikel extendió entonces sus alas, y tomó una espada, con la que fulminó al gobernador. No era Mikel, era el arcángel Miguel. En un instante, hubo una explosión de luz que bañó todo el lugar y Jesús y el arcángel desaparecieron. La gente estalló en alegría, subió a abrazar a los niños y juntos, celebraron la Navidad después de años de no hacerlo.

Y ésta es la historia de Matt, que creció junto a sus amigos, vivió una juventud plena con Cristo, se casó y tuvo muchos hijos, envejeció junto a su esposa y murió. Pero la gente no estaba triste, porque sabía que al fin, Matt, el niño que una vez salvó la Navidad, se había reunido en el cielo con su mejor amigo Jesús, y que junto a Él y sus amigos, enseñó al mundo lo que era la Navidad.

 

FIN

Un saludo de su amigo El Bofito